sábado, diciembre 16, 2017

Sergio Rotino / Cantu maru

















hechos de
viento de
viento y
desventura
hechos de esta
cosa llena
de voces que
suenan de
cosas que p
palabras p
parecen y

destrozadas
como n
nosotros
destrozados
por cosas que

que no
decimos no
sabemos como
se dicen c
como se

pueden decir

Sergio Rotino (Lecce, Italia, 1958), Cantu maru, Kurumuny, Collana Rosada, Martano, 2017
Traducción al italiano: Poetarum Silva
Versión al castellano: Jorge Aulicino

Nota del Administrador
El idioma de Cantu maru es, dice Rotino, "un idioma ensamblado in vitro. No es el salentino hablado en Lecce y alrededores, sino un montaje de palabras, de términos provenientes de una zona más vasta que comprende incluso el brindisino, la zona más al sur de la provincia tarantina y otras que pertenecen a los dialectos de la provincia lecciana profunda". (Versante Ripido)


Ref.:
Rosadapoesia
Nazione Indiana
Ossigeno Nascente


fatti te
jentu te
jentu e
spentura
fatti te sta
cosa china
te uci ca
sonanu te
cose ca p
parole p
parenu e

struncuniçiate
comu a n
nui
struncuniçiati
da cose ca

ca nu
decimu nu
sapimu comu
se dicenu c
comu se

potenu dire

fatti di/ vento di/ vento e/ sventura/ fatti di questa/
cosa piena/ di voci che/ suonano di/ cose che p/
parole s/ sembrano e// sfracellate/ come n/ noi/
sfracellati/ da cose che// che non/ diciamo non/
sappiamo come/ si dicono c/ come si// possono dire

© Sergio Rotino

Virgilio Piñera / La isla en peso














[texto completo]

La maldita circunstancia del agua por todas partes
me obliga a sentarme en la mesa del café.
Si no pensara que el agua me rodea como un cáncer
hubiera podido dormir a pierna suelta.
Mientras los muchachos se despojaban de sus ropas para nadar
doce personas morían en un cuarto por compresión.
Cuando a la madrugada la pordiosera resbala en el agua
en el preciso momento en que se lava uno de sus pezones,
me acostumbro al hedor del puerto,
me acostumbro a la misma mujer que invariablemente masturba,
noche a noche, al soldado de guardia en medio del sueño de los peces.
Una taza de café no puede alejar mi idea fija,
en otro tiempo yo vivía adánicamente.
¿Qué trajo la metamorfosis?

La eterna miseria que es el acto de recordar.
Si tú pudieras formar de nuevo aquellas combinaciones,
devolviéndome el país sin el agua,
me la bebería toda para escupir al cielo.
Pero he visto la música detenida en las caderas,
he visto a las negras bailando con vasos de ron en sus cabezas.
Hay que saltar del lecho con la firme convicción
de que tus dientes han crecido,
de que tu corazón te saldrá por la boca.
Aún flota en los arrecifes el uniforme del marinero ahogado.
Hay que saltar del lecho y buscar la vena mayor del mar para desangrarlo.
Me he puesto a pescar esponjas frenéticamente,
esos seres milagrosos que pueden desalojar hasta la última gota de agua
y vivir secamente.
Esta noche he llorado al conocer a una anciana
que ha vivido ciento ocho años rodeada de agua por todas partes.
Hay que morder, hay que gritar, hay que arañar.
He dado las últimas instrucciones.
El perfume de la piña puede detener a un pájaro.
Los once mulatos se disputaban el fruto,
los once mulatos fálicos murieron en la orilla de la playa.
He dado las últimas instrucciones.
Todos nos hemos desnudado.

Llegué cuando daban un vaso de aguardiente a la virgen bárbara,
cuando regaban ron por el suelo y los pies parecían lanzas,
justamente cuando un cuerpo en el lecho podría parecer impúdico,
justamente en el momento en que nadie cree en Dios.
Los primeros acordes y la antigüedad de este mundo:
hieráticamente una negra y una blanca y el líquido al saltar.
Para ponerme triste me huelo debajo de los brazos.
Es en este país donde no hay animales salvajes.
Pienso en los caballos de los conquistadores cubriendo a las yeguas,
pienso en el desconocido son del areíto
desaparecido para toda la eternidad,
ciertamente debo esforzarme a fin de poner en claro
el primer contacto carnal en este país, y el primer muerto.
Todos se ponen serios cuando el timbal abre la danza.
Solamente el europeo leía las meditaciones cartesianas.
El baile y la isla rodeada de agua por todas partes:
plumas de flamencos, espinas de pargo, ramos de albahaca, semillas de aguacate.
La nueva solemnidad de esta isla.
¡País mío, tan joven, no sabes definir!

¿Quién puede reír sobre esta roca fúnebre de los sacrificios de gallos?
Los dulces ñáñigos bajan sus puñales acompasadamente.
Como una guanábana un corazón puede ser traspasado sin cometer crimen.
Una mano en el tres puede traer todo el siniestro color de los caimitos,
más lustrosos que un espejo en el relente,
sin embargo el bello aire se aleja de los palmares.
Si hundieras los dedos en su pulpa creerías en la música.
Mi madre fue picada por un alacrán cuando estaba embarazada.

¿Quién puede reír sobre esta roca de los sacrifícios de gallos?
¿Quién se tiene a sí mismo cuando las claves chocan?
¿Quién desdeña ahogarse en la indefinible llamarada del flamboyán?
La sangre adolescente bebemos en las pulidas jícaras.
Ahora no pasa un tigre sino su descripción.

Las blancas dentaduras perforando la noche,
y también los famélicos dientes de los chinos esperando el desayuno
después de la doctrina cristiana.
Todavía puede esta gente salvarse de cielo,
pues al compás de los himnos las doncellas agitan diestramente
los falos de los hombres.
La impetuosa ola invade el extenso salón de las genuflexiones.
Nadie piensa en implorar, en dar gracias, en agradecer, en testimoniar.
La santidad se desinfla en una carcajada.
Sean los caóticos símbolos del amor los primeros objetos que palpe,
afortunadamente desconocemos la voluptuosidad y la caricia francesa,
desconocemos el perfecto gozador y la mujer pulpo,
desconocemos los espejos estratégicos,
no sabemos llevar la sífilis con la reposada elegancia de un cisne,
desconocemos que muy pronto vamos a practicar estas mortales elegancias.
Los cuerpos en la misteriosa llovizna tropical,
en la llovizna diurna, en la llovizna nocturna, siempre en la llovizna,
los cuerpos abriendo sus millones de ojos,
los cuerpos, dominados por la luz, se repliegan
ante el asesinato de la piel,
los cuerpos, devorando oleadas de luz, revientan como girasoles de fuego
encima de las aguas estáticas,
los cuerpos, en las aguas, como carbones apagados derivan hacia el mar.

Es la confusión, es el terror, es la abundancia,
es la virginidad que comienza a perderse.
Los mangos podridos en el lecho del río ofuscan mi razón,
y escalo el árbol más alto para caer como un fruto.
Nada podría detener este cuerpo destinado a los cascos de los caballos,
turbadoramente cogido entre la poesía y el sol.

Escolto bravamente el corazón traspasado,
clavo el estilete más agudo en la nuca de los durmientes.
El trópico salta y su chorro invade mi cabeza
pegada duramente contra la costra de la noche.
La piedad original de las auríferas arenas
ahoga sonoramente las yeguas españolas,
la tromba desordena las crines más oblicuas.

No puedo mirar con estos ojos dilatados.
Nadie sabe mirar, contemplar, desnudar un cuerpo.
Es la espantosa confusión de una mano en lo verde,
los estranguladores viajando en la franja del iris.
No sabría poblar de miradas el solitario curso del amor.

Me detengo en ciertas palabras tradicionales:
el aguacero, la siesta, el cañaveral, el tabaco,
con simple ademán, apenas si onomatopéyicamente,
titánicamente paso por encima de su música,
y digo: el agua, el mediodía, el azúcar, el humo.

Yo combino:
el aguacero pega en el lomo de los caballos,
la siesta atada a la cola de un caballo,
el cañaveral devorando a los caballos,
los caballos perdiéndose sigilosamente
en la tenebrosa emanación del tabaco,
el último gesto de los siboneyes mientras el humo pasa por la horquilla
como la carreta de la muerte,
el último ademán de los siboneyes,
y cavo esta tierra para encontrar los ídolos y hacerme una historia.

Los pueblos y sus historias en boca de todo el pueblo.

De pronto, el galeón cargado de oro se mete en la boca
de uno de los narradores,
y Cadmo, desdentado, se pone a tocar el bongó.
La vieja tristeza de Cadmo y su perdido prestigio:
en una isla tropical los últimos glóbulos rojos de un dragón
tiñen con imperial dignidad el manto de una decadencia.

Las historias eternas frente a la historia de una vez del sol,
las eternas historias de estas tierras paridoras de bufones y cotorras,
las eternas historias de los negros que fueron,
y de los blancos que no fueron,
o al revés o como os parezca mejor,
las eternas historias blancas, negras, amarillas, rojas, azules,
—toda la gama cromática reventando encima de mi cabeza en llamas—,
la eterna historia de la cínica sonrisa del europeo
llegado para apretar las tetas de mi madre.
El horroroso paseo circular,
el tenebroso juego de los pies sobre la arena circular,
el envenado movimiento del talón que rehuye el abanico del erizo,
los siniestros manglares, como un cinturón canceroso,
dan la vuelta a la isla,
los manglares y la fétida arena
aprietan los riñones de los moradores de la isla.

Sólo se eleva un flamenco absolutamente.

¡Nadie puede salir, nadie puede salir!
La vida del embudo y encima la nata de la rabia.
Nadie puede salir:
el tiburón más diminuto rehusaría transportar un cuerpo intacto.
Nadie puede salir:
una uva caleta cae en la frente de la criolla
que se abanica lánguidamente en una mecedora,
y “nadie puede salir” termina espantosamente en el choque de las claves.
Cada hombre comiendo fragmentos de la isla,
cada hombre devorando los frutos, las piedras y el excremento nutridor,
cada hombre mordiendo el sitio dejado por su sombra,
cada hombre lanzando dentelladas en el vacío donde el sol se acostumbra,
cada hombre, abriendo su boca como una cisterna, embalsa el agua
del mar, pero como el caballo del barón de Munchausen,
la arroja patéticamente por su cuarto trasero,
cada hombre en el rencoroso trabajo de recortar
los bordes de la isla más bella del mundo,
cada hombre tratando de echar a andar a la bestia cruzada de cocuyos.

La bestia es perezosa como un bello macho
y terca como una hembra primitiva.
Verdad es que la bestia atraviesa diariamente los cuatro momentos caóticos,
los cuatro momentos en que se la puede contemplar
—con la cabeza metida entre sus patas— escrutando el horizonte con ojo atroz,
los cuatro momentos en que se abre el cáncer:
madrugada, mediodía, crepúsculo y noche.

Las primeras gotas de una lluvia áspera golpean su espalda
hasta que la piel toma la resonancia de dos maracas pulsadas diestramente.
En este momento, como una sábana o como un pabellón de tregua, podría
desplegarse un agradable misterio,
pero la avalancha de verdes lujuriosos ahoga los mojados sones,
y la monotonía invade el envolvente túnel de las hojas.

El rastro luminoso de un sueño mal parido,
un carnaval que empieza con el canto del gallo,
la neblina cubriendo con su helado disfraz el escándalo de la sabana,
cada palma derramándose insolentemente en un verde juego de aguas,
perforan, con un triángulo incandescente, el pecho de los primeros aguadores,
y la columna de agua lanza sus vapores a la cara del sol cosida por un gallo.
Es la hora terrible.
Los devoradores de neblina se evaporan
hacia la parte más baja de la ciénaga,
y un caimán los pasa dulcemente a ojo.
Es la hora terrible.
La última salida de la luz de Yara
empuja a los caballos contra el fango.
Es la hora terrible.
Como un bólido la espantosa gallina cae,
y todo el mundo toma su café.
¿Qué puede el sol en un pueblo tan triste?
Las faenas del día se enroscan al cuello de los hombres
mientras la leche cae desesperadamente.
¿Qué puede el sol en un pueblo tan triste?
Con un lujo mortal los macheteros abren grandes claros en el monte,
la tristísima iguana salta barrocamente en un caño de sangre,
los macheteros, introduciendo cargas de claridad, se van ensombreciendo
hasta adquirir el tinte de un subterráneo egipcio.
¿Quién puede esperar clemencia en esta hora?
Confusamente un pueblo escapa de su propia piel
adormeciéndose con la claridad,
la fulminante droga que puede iniciar un sueño mortal
en los bellos ojos de hombres y mujeres,
en los inmensos y tenebrosos ojos de estas gentes
por los cuales la piel entra a no sé qué extraños ritos.

La piel, en esta hora, se extiende como un arrecife
y muerde su propia limitación,
la piel se pone a gritar como una loca, como una puerca cebada,
la piel trata de tapar su claridad con pencas de palma,
con yaguas traídas distraídamente por el viento,
la piel se tapa furiosamente con cotorras y pitahayas,
absurdamente se tapa con sombrías hojas de tabaco
y con restos de leyendas tenebrosas,
y cuando la piel no es sino una bola oscura,
la espantosa gallina pone un huevo blanquísimo.

¡Hay que tapar! ¡Hay que tapar!
Pero la claridad avanzada, invade
perversamente, oblicuamente, perpendicularmente,
la claridad es una enorme ventosa que chupa la sombra,
y las manos van lentamente hacia los ojos.
Los secretos más inconfesables son dichos:
la claridad mueve las lenguas,
la claridad mueve los brazos,
la claridad se precipita sobre un frutero de guayabas,
la claridad se precipita sobre los negros y los blancos,
la claridad se golpea a sí misma,
va de uno a otro lado convulsivamente,
empieza a estallar, a reventar, a rajarse,
la claridad empieza el alumbramiento más horroroso,
la claridad empieza a parir claridad.
Son las doce del día.

Todo un pueblo puede morir de luz como morir de peste.
Al mediodía el monte se puebla de hamacas invisibles,
y, echados, los hombres semejan hojas a la deriva sobre aguas metálicas.
En esta hora nadie sabría pronunciar el nombre más querido,
ni levantar una mano para acariciar un seno;
en esta hora del cáncer un extranjero llegado de playas remotas
preguntaría inútilmente qué proyectos tenemos
o cuántos hombres mueren de enfermedades tropicales en esta isla.
Nadie lo escucharía: las palmas de las manos vueltas hacia arriba,
los oídos obturados por el tapón de la somnolencia,
los poros tapiados con la cera de un fastidio elegante
y la mortal deglución de las glorias pasadas.

¿Dónde encontrar en este cielo sin nubes el trueno
cuyo estampido raje, de arriba a abajo, el tímpano de los durmientes?
¿Qué concha paleolítica reventaría con su bronco cuerno
el tímpano de los durmientes?
Los hombres-conchas, los hombres-macaos, los hombres-túneles.
¡Pueblo mío, tan joven, no sabes ordenar!
¡Pueblo mío, divinamente retórico, no sabes relatar!
Como la luz o la infancia aún no tienes un rostro.
De pronto el mediodía se pone en marcha,
se pone en marcha dentro de sí mismo,
el mediodía estático se mueve, se balancea,
el mediodía empieza a elevarse flatulentamente,
sus costuras amenazan reventar,
el mediodía sin cultura, sin gravedad, sin tragedia,
el mediodía orinando hacia arriba,
orinando en sentido inverso a la gran orinada
de Gargantúa en las torres de Notre Dame,
y todas esas historias, leídas por un isleño que no sabe
lo que es un cosmos resuelto.

Pero el mediodía se resuelve en crepúsculo y el mundo se perfila.
A la luz del crepúsculo una hoja de yagruma ordena su terciopelo,
su color plateado del envés es el primer espejo.
La bestia lo mira con su ojo atroz.
En este trance la pupila se dilata, se extiende
hasta aprehender la hoja.
Entonces la bestia recorre con su ojo las formas sembradas en su lomo
y los hombres tirados contra su pecho.
Es la hora única para mirar la realidad en esta tierra.

No una mujer y un hombre frente a frente,
sino el contorno de una mujer y un hombre frente a frente,
entran ingrávidos en el amor,
de tal modo que Newton huye avergonzado.

Una guinea chilla para indicar el angelus:
abrus precatorious, anona myristica, anona palustris.

Una letanía vegetal sin trasmundo se eleva
frente a los arcos floridos del amor:
Eugenia aromática, eugenia fragrans, eugenia plicatula.
El paraíso y el infierno estallan y sólo queda la tierra:
Ficus religiosa, ficus nitida, ficus suffocans.
La tierra produciendo por los siglos de los siglos:
Panicum colonum, panicum sanguinale, panicum maximum.
El recuerdo de una poesía natural, no codificada, me viene a los labios:
Árbol de poeta, árbol del amor, árbol del seso.

Una poesía exclusivamente de la boca como la saliva:
Flor de calentura, flor de cera, flor de la Y.

Una poesía microscópica:
Lágrimas de Job, lágrimas de Júpiter, lágrimas de amor.

Pero la noche se cierra sobre la poesía y las formas se esfuman.
En esta isla lo primero que la noche hace es despertar el olfato:
Todas las aletas de todas las narices azotan el aire
buscando una flor invisible;
la noche se pone a moler millares de pétalos,
la noche se cruza de paralelos y meridianos de olor,
los cuerpos se encuentran en el olor,
se reconocen en este olor único que nuestra noche sabe provocar;
el olor lleva la batuta de las cosas que pasan por la noche,
el olor entra en el baile, se aprieta contra el güiro,
el olor sale por la boca de los instrumentos musicales,
se posa en el pie de los bailadores,
el corro de los presentes devora cantidades de olor,
abre la puerta y las parejas se suman a la noche.

La noche es un mango, es una piña, es un jazmín,
la noche es un árbol frente a otro árbol sin mover sus ramas,
la noche es un insulto perfumado en la mejilla de la bestia;
una noche esterilizada, una noche sin almas en pena,
sin memoria, sin historia, una noche antillana;
una noche interrumpida por el europeo,
el inevitable personaje de paso que deja su cagada ilustre,
a lo sumo, quinientos años, un suspiro en el rodar de la noche antillana,
una excrecencia vencida por el olor de la noche antillana.
No importa que sea una procesión, una conga,
una comparsa, un desfile.
La noche invade con su olor y todos quieren copular.
El olor sabe arrancar las máscaras de la civilización,
sabe que el hombre y la mujer se encontrarán sin falta en el platanal.
¡Musa paradisíaca, ampara a los amantes!

No hay que ganar el cielo para gozarlo,
dos cuerpos en el platanal valen tanto como la primera pareja,
la odiosa pareja que sirvió para marcar la separación.
¡Musa paradisíaca, ampara a los amantes!

No queremos potencias celestiales sino presencias terrestres,
que la tierra nos ampare, que nos ampare el deseo,
felizmente no llevamos el cielo en la masa de la sangre,
sólo sentimos su realidad física
por la comunicación de la lluvia al golpear nuestras cabezas

Bajo la lluvia, bajo el olor, bajo todo lo que es una realidad,
un pueblo se hace y se deshace dejando los testimonios:
un velorio, un guateque, una mano, un crimen,
revueltos, confundidos, fundidos en la resaca perpetua,
haciendo leves saludos, enseñando los dientes, golpeando sus riñones,
un pueblo desciende resuelto en enormes postas de abono,
sintiendo cómo el agua lo rodea por todas partes,
más abajo, más abajo, y el mar picando en sus espaldas;
un pueblo permanece junto a su bestia en la hora de partir,
aullando en el mar, devorando frutas, sacrificando animales,
siempre más abajo, hasta saber el peso de su isla:
el peso de una isla en el amor de un pueblo.

                                                                            1943

Virgilio Piñera (Cárdenas, Cuba, 1912-La Habana, 1979), "La vida entera", 1968, La isla en peso, Tusquets, Barcelona, 2000


Ref.:
Letras Libres
El País
EcuRed
Cuba Debate
The Guardian

viernes, diciembre 15, 2017

Elsa Morante / Minna, la siamesa


















Tengo un bicho, una gata: su nombre es Minna.

Todo lo que le pongo en el plato, se lo come,
y lo que pongo en el cuenco, se lo toma.

Se me sube a las rodillas, me mira, y se duerme,
tanto que me olvido que la tengo. Pero si luego,
al recodarla, la llamo, en el sueño una oreja
le tiembla: a la sombra de su nombre está su sueño.

Para decir gozos y gracias una guitarrita tiene:
si la cabecita le rasco, o el cuello, dulce suena.

Si pienso cuántos siglos y cosas nos separan,
me espanto. Por mí me espanto: ella, de eso, nada sabe.
Pero si la veo juguetear con un hilo, si miro
sus iris celestes, la alegría me vuelve.

Los días de fiesta, en que los hombres celebran,
me viene piedad por ella, que no distingue las jornadas.
Le doy de almorzar un pescadito para que celebre también ella;
el motivo no lo entiende, pero feliz lo traga.

El cielo, para armarla, uñas le dio, y dientes:
pero ella es tan gentil que solo por jugar los muestra.
Piedad siento al pensar que, si la matase,
proceso yo no tendría, ni infierno, ni prisión.

Tanto me besa, a veces, que de serle querida me ilusiono,
pero sé que otra dueña, o yo, le da lo mismo.
Me sigue tanto que me imagino que soy todo para ella,
pero sé que mi muerte no podría tocarla.

1941

Elsa Morante (Roma, 1912-1985), Alibi, Garzanti, Milán, 1988
Envío de Pedro Vicuña
Versión de Jorge Aulicino

Ref.:
El Cultural
Letras Libres
Poetarum Silva


Minna la siamese

Ho una bestiola, una gatta: il suo nome è Minna.

Ciò ch'io le metto nel piatto, essa mangia, 
e ciò che le metto nella scodella, beve.

Sulle ginocchia mi viene, mi guarda, e poi dorme, 
tale che mi dimentico d'averla. Ma se poi, 
memore, a nome la chiamo, nel sonno un orecchio 
le trema: ombrato dal suo nome è il suo sonno.

Gioie per dire, e grazie, una chitarretta essa ha: 
se la testina le gratto, o il collo, dolce suona.

Se penso a quanto di secoli e cose noi due divide, 
spaùro. Per me spaùro: ch'essa di ciò nulla sa. 
Ma se la vedo con un filo scherzare, se miro 
l'iridi sue celesti, l'allegria mi riprende.

I giorni di festa, che gli uomini tutti fan festa, 
di lei pietà mi viene, che non distingue i giorni. 
Perché celebri anch'essa, a pranzo le do un pesciolino; 
né la causa essa intende: pur beata lo mangia.

Il cielo, per armarla, unghie le ha dato, e denti: 
ma lei, tanto è gentile, sol per gioco li adopra. 
Pietà mi viene al pensiero che, se pur la uccidessi, 
processo io non ne avrei, né inferno, né prigione.

Tanto mi bacia, a volte, che d'esserle cara io m'illudo, 
ma so che un'altra padrona, o me, per lei fa uguale. 
Mi segue, sì da illudermi che tutto io sia per lei, 
ma so che la mia morte non potrebbe sfiorarla.

1941

jueves, diciembre 14, 2017

Elvio Romero / Señales















Mis señales: la cáscara
arrojada en el naranjal; una baraja
aparecida en la ventana, un cigarrillo en el umbral
y al filo del amanecer; el relincho de un potro
al borde del maizal; algo que se presienta en el aire
como la avecinación de la lluvia
o el paso de un felino aproximándose.

Serán así mis señales.

Y mi mensaje: una hoguera
en el descampado, en la quietud de la noche,
una llama ardorosa permanentemente prendida
en esas lomas, con su costumbre de atraerte
centelleando a tu lado, besándote los pies, el muslo inquieto,
hoguera terrible con la muerte y la vida en sus fulgores.

Por donde mires
la señal será tuya; por donde vayas
tendrás la huella del hombre, el halo de su poncho de estrellas,
el olor que ha dejado a su paso, el beso
que abrió el portón yendo a tus fondos; por donde busques
hallarás mi presencia, mi sombrero mojado en el
sereno, porque te habré dejado mitad de mi
fragancia, mitad de mi aflicción y mi aventura,
mitad del alborozo y del recato
de ese instante en que juntos arrojamos un eco en el silencio,
carbón al horno ardiente.

Elvio Romero (Yegros, Paraguay, 1926-Buenos Aires, 2004), El viejo fuego, Losada, 1977

Foto: Elvio Romero Julio Menajovsky/Alcándara/Portal Guaraní

Ref.:
La Nación
ABC
La Izquierda Diario
Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes (Poesía completas)

miércoles, diciembre 13, 2017

Günter Kunert / Dos poemas














Géricault:
La balsa de la Medusa

Cuerpos tensos en el caos del naufragio.
Las olas salvajes los arrastran todavía.
Agradecemos nuestra cobardía,
nuestro instinto que nunca traicionó.

No emprendemos ninguna aventura
y recatados permanecemos junto a la chimenea.
La calma es cara al ciudadano de bien.
La ilusión es breve; el arrepentimiento, largo.


Gauguin:
Cuentos primitivos

Descansan juntas en la inocencia
bronceadas y apenas distantes de lo kitsch.
Las figuras de la nostalgia provienen
de la paleta de un anciano.
El otro lado de la belleza
es borrachera y sífilis.
Pero, a eso, uno puede acostumbrarse
hasta el final descolorido.

[Kopfzeichen für Verratgeber, 2002]

Günter Kunert (Berlín, Alemania, 1929), Op. Cit, 7.12.2017
Versiones de Silvana Franzetti

Foto: Günter Kunert NDR

Ref.:
NDR
La Web de las Biografías
Nazione Indiana
Al Pial de la Palabra


Géricault:
Das Floß der Medusa

Verkrampfte Leiber wüst im Untergang.
Noch treiben sie auf wilden Wogen.
Wir sagen unsrer Feigheit Dank,
unserm Instinkt, der nie getrogen.

Wir unternehmen keine Abenteuer,
und bleiben sittsam auf der Ofenbank.
Die Ruhe ist dem braven Bürger teuer.
Der Wahn ist kurz, die Reue lang.


Gauguin:
Contes Barbares

Sie lagern in Unschuld zusammen
gebräunt und dem Kitsch kaum fern.
Die Figuren der Sehnsucht entstammen
der Palette eines älteren Herrn.
Die andere Seite des Schönen
ist Suff und Syphilis.
Daran kann man sich aber gewöhnen
bis zum entfärbten Finis.

martes, diciembre 12, 2017

Ezra Pound / Canto XVIII















Y sobre Kublai:
"Les he hablado en detalle acerca de la ciudad de ese emperador
y les hablaré sobre la emisión de moneda en Cambaluc:
                   que designa el secreto arcano de la
                   alquimia:
Toman el líber de la morera,
O sea la capa entre la madera y la corteza,
Y con esta hacen papel y lo marcan.
Medio tornés, un tornés, o medio estátero de plata,
O dos estáteros, o cinco estáteros, o diez estáteros.
O, para un pliego grande, un besante de oro, 3 besantes, diez besantes;
Y son refrendados por los funcionarios,
Y refregados con el sello del gran Kan bermellón;
Y los falsificadores son castigados con la pena de muerte,
Y todo esto no le cuesta nada al gran Kan,
Y así, es rico en este mundo,
Y sus chasquis van cosidos y sellados,
Sus casacas abrochadas por la espalda y después precintadas,
Y así desde una punta del viaje hasta la otra.
Y los mercaderes indios que llegan
Tienen que hacer entrega de sus joyas, y aceptar esta moneda de papel,
(Un comercio qe asciende, en besantes, a 400.000 por año.)
Y los nobles tienen que comprar sus perlas"
-así Messire Polo; en la prisión de Génova-
"Acerca del emperador."
                      Había un chico en Constantinopla,
Y un británico le dio una patada en el culo.
"Odio a estos franceses" le dijo Napoleón, a la edad de 12 años,
al joven Bourrienne. "Les haré todo el daño que pueda."
Y así también Zenos Metevsky;
Y el viejo Biers, un novato, andaba por ahí
Intentando vender cañones, y Metevsky encontró la puerta trasera;
Y el viejo Biers logró vender las armas,
Y Metevsky murió y lo enterraron, es decir, "oficialmente",
Y estaba sentado en el Yeiner Kafé mirando el funeral.
Unos diez años después de este incidente,
Ya era propietario de una buena tajada de Humbers.
"¡Paz! ¡Pa-haz!", dijo Mr. Giddings,
"¿U-ni-ver-sal? No en tanto tengas dos mil millones de tu dinero"
dijo Mr. Giddings, "invertidos en la ma-nu-fac-tu-ra
de maquinaria bélica. Cómo se lo vendí a Rusia -
"Pos les llevamos un torpedero nuevo.
"Y era todo eléctrico, se manejaba todo
"Desde un tecladito, más o menos del
"Tamaño de una máquina de escribir, y el príncipe vino a bordo,
"Y le dijimos ¿le gustaría timonearlo?
Y él fue y lo encalló en la escollera,
"Y le destrozó todo el frente,
"Carajo, el príncipe se cagó en las patas,
"¿Quién iba a pagar los daños?
"Y ese era mi primer viaje representando a la empresa
"Y le digo, Su Alteza, no es nada,
"Le daremos uno nuevo. Y por Dios que
"La empresa me respaldó, y nos llovieron los pedidos..."
Pues la Marquesa de las Zojas y Hurbara
Solía trasladarse al solar de Sir Zenos en los Champs Elysées,
Y presidía sus cenas, y a las once
Se retiraba por la puerta delantera, con sus lacayos
Y cochero, de librea, y daba una vuelta de cuatro manzanas
Hasta llegar a la puerta trasera, el hijo de puta era su marido,
Y Metevsky, "el renombrado filántropo",
Donó - como los Este a Luis Once -
Una soberbia pareja de jirafas a la nación,
Y dotó una cátedra de balística,
Y era consultado antes de las ofensivas.

Y Mr. Oige muy colérico en la primera clase
De Niza a París, decía: "¡Peligro!
"La vida de un marinero es una vida de peligro,
"Pero una mina, si cada barra está numerada,
"Y una vez nos pasamos una por alto,
Y murieron trescientos en una explosión."
Estaba molesto con los huelguistas, él había empezado
Como ingeniero y escalado posiciones, y había perdido,
Con esa huelga de mineros, algunos meses después del párrafo:

: Sir Zenos Metevsky ha sido electo presidente
de la Gesthsemane Trebizond Petrol
Y después salió otro: 80 locomotoras
De la Manchester Cardiff han sido equipadas con
Nuevos propulsores a petróleo...
Grandes cantidades de las variedades más pesadas (o sea, de petróleo)
Se encuentran ahora disponibles en el país.
Así que le dije al viejo cuáquero Hamish,
Le dije: "Me interesa." Y se puso pálido como la masilla
Y dijo: "Él no hace publicidad. No, no creo
que averigües mucho." Eso fue cuando pregunté
sobre Metevsky y Melchizedek.
Él, Hamish, le llevó los tractores al
Rey Menelik, 3 ríos y 140 precipicios.

"Qu'est-ce qu'on pense?" Yo dije: "Ellos no pense."
"Son de hueso sólido. Los puedes amputar justo por encima de
La médula, y no se alterará la vida en esta isla."
Pero él insistió: "Mais QU'EST-CE QU'ON pense,
De la metallurgie, en Angleterre, qu'est-ce qu'on pense de Metevsky?"
Y le dije: "No se han enterado ni de cómo se llama.
"Vaya y pregunte en el banco de MacGorvish."

A los observadores japoneses les divertía que
Los francmasones turcos no se hubieran molestado en
Sacarles las... divisas del regimiento a la artillería.
Y el viejo Hamish: Menelik
Tenía la corazonada de que con esa maquinaria... etc etc...
Pero nunca pudo hacerla funcionar,
Nunca consiguió el suministro energético.
Los alemanes le enviaban calderas, pero tenían
Que desguazarlas y cargarlas en camellos,
Y nunca lograban volver a ensamblarlas.
Y entonces el viejo Hamish fue para allí,
Y observó el terreno, 3 ríos,
Y ciento cuarenta precipicios,
Y envió dos tractores, uno para tirar del otro,
Y Menelik envió un ejército, un ejército negro de 5000
Con guindalezas, y sudaron y se sacudieron insectos.

Y lo primero que Dave encendió cuando llegaron
Fue una sierra mecánica,
Y atravesó un tronco de ébano: whhsssh, t ttt,
Dos días de trabajo en tres minutos.

Guerra, una guerra tras otra,
Iniciadas x hombres que no serían capaces de construir un
                         gallinero como la gente.
Y también sabotaje...

Ezra Pound (Hailey, EE UU, 1885-Venecia, Italia, 1972) XXX Cantos, Ediciones Cartoneras, Buenos Aires, 2013
Traducción: Jan de Jager

Nota del Administrador:
La primera parte del canto alude inicialmente al Kublai Kan, último de los reyes mongoles, y más indirectamente, y tal vez en forma irónica, al famoso poema romántico "Kubla Kahn", de Samuel Taylor Coleridge. Cita a continuación a Marco Polo, preso en la prisión de Génova. El segundo personaje importante del poema, Zenos Metevsky, es el fabricante y traficante de armas Basil Zaharoff (1849-1936)

Foto: Ezra Pound Archivio Cameraphoto Epoche/Getty Images/Poetry Foundation

Ref.:
Gordsellar
The Cantos Project
Barbarie Ilustrada
Buenos Aires Poetry

lunes, diciembre 11, 2017

Wallace Stevens / El lector















Pasé la noche sentado leyendo un libro,
sentado y leyendo como en un libro
de páginas sombrías.

Era otoño y las estrellas que caían
cubrían las formas marchitas
acurrucadas a la luz de la luna.

No ardía lámpara alguna mientras leía,
una voz musitaba: "Todo
retrocede hacia el frío,

incluso las almizcladas uvas moscatel,
los melones, las peras bermellón
del jardín sin hojas."

Las sombrías páginas no tienen nada impreso
salvo el rastro de ardientes estrellas
en el cielo glacial.

Wallace Stevens (Reading, Estados Unidos, 1879-Hartford, Estados Unidos, 1955), "Ideas of Order", 1936, Collected Poetry and Prose, Frank Kermode y Joan Richardson, eds., The Library of America, Nueva York, 1997
Versión de Jonio González

Foto: Wallace Stevens, en los primeros '50 Ransom Center Magazine

Ref.:
Buenos Aires Poetry
El Cultural
The Atlantic


THE READER

All night I sat reading a book,
Sat reading as if in a book
Of somber pages.

It was autumn and falling stars
Covered the shrivelled forms
Crouched in the moonlight.

No lamp was burning as I read,
A voice was mumbling, "Everything
Falls back to coldness,

Even the musky muscadines,
The melons, the vermilion pears
Of the leafless garden."

The somber pages bore no print
Except the trace of burning stars
In the frosty heaven.

domingo, diciembre 10, 2017

Salvatore Quasimodo / Hombre de mi tiempo
















Hombre de mi tiempo, eres aún aquel
de la piedra y de la honda. Estabas en la carlinga
con las alas malignas, los cuadrantes de muerte,
-te vi- dentro del carro de fuego, en las horcas,
en las ruedas de tortura. Te vi: eras tú,
con la ciencia precisa dispuesta para el exterminio,
sin amor, sin Cristo. Has matado de nuevo,
como siempre, como tus padres mataron, como mataron
los animales que te vieron por primera vez.
Y huele esta sangre como la de aquel día
en que el hermano dijo a otro hermano:
"Vamos al campo". Y aquel eco frío, tenaz,
llegó a ti, y llegó a tu jornada.
Olvidad, oh, hijos, las nubes de sangre
que ascienden de la tierra, olvidad a los padres:
sus tumbas se hunden en el cenizal,
los pájaros negros, el viento, cubren sus corazones.

[Giorno dopo giorno, 1946]

Salvatore Quasimodo (Módica, Italia, 1901-Amalfi, 1968), Plegaria, traducción de Antonio Colinas, selección de Minerva Margarita Villarreal, El Oro de los Tigres V, Universidad de Nuevo León, México, 2015

Ref.:
Enfocarte
Buenos Aires Poetry
Nobelprize Org
Sul Romanzo


Uomo del mio tempo

Sei ancora quello della pietra e della fionda,
uomo del mio tempo. Eri nella carlinga,
con le ali maligne, le meridiane di morte,
t’ho visto – dentro il carro di fuoco, alle forche,
alle ruote di tortura. T’ho visto: eri tu,
con la tua scienza esatta persuasa allo sterminio,
senza amore, senza Cristo. Hai ucciso ancora,
come sempre, come uccisero i padri, come uccisero
gli animali che ti videro per la prima volta.
E questo sangue odora come nel giorno
Quando il fratello disse all’altro fratello:
«Andiamo ai campi». E quell’eco fredda, tenace,
è giunta fino a te, dentro la tua giornata.
Dimenticate, o figli, le nuvole di sangue
Salite dalla terra, dimenticate i padri:
le loro tombe affondano nella cenere,
gli uccelli neri, il vento, coprono il loro cuore.

sábado, diciembre 09, 2017

Pedro Vicuña / De "Diario del retorno"

















Jueves 23 de julio

Desde una orilla
Que hube visto alguna vez el que entonces fui me saluda    es otra su
congoja    pienso mientras apuro una memoria    en el jardín.

En el aire de la tarde una inquietud
suspendida vacila
Luego el ventarrón del miedo arrasa el silencio.


Jueves 20 de agosto

En Limassol
una playa muda
me acogía el tiento.
En la memoria
desde una mar helada
el vapor confuso
de un tren
entre la muerte agazapado
ascendía inevitable.

Ni una seña desde los jardines
todo quedo, detenido, silente
la glicinia, el baobab
el zumbar de los coleópteros
mi aliento.

Sería que otra vez
perseguía mi sangre
la desquiciada sombra
del averno.
Desde un yermo páramo
la inminente dispersión de mis huesos.


Miércoles 27 de agosto

En Lisboa una luna negra
alumbraba el casco de un naufragio
en el recuerdo un mar distante
que hube visto en mi primer desvelo
balbuceaba en verbo roto
“quid praeterita quid saeculum belli.”

Entre las almenas del Koule-Kafé
la bahía develaba un mar ignoto
promesas de una quebradura
amarrada a la sangre
la certeza de una vida entre cascajos.

Luego el viento descerrajó una pena
las marejadas de los otros años
las piedras que rayaron la retina combando el tiempo.

En Kurion sobre el rastro de los persas
entre sombras fenicias
y el ulular de los aqueos
los acantilados y el asbesto
en medio de la noche
me trajeron esta patria rota.

Pedro Vicuña (Santiago de Chile, 1956), Diario del retorno, inédito



viernes, diciembre 08, 2017

Teresa Arijón / De "Tres poemas por encargo"
















dos

la palabra trueno vuelve
a vibrar entre las hojas
como un volcán
como el océano
se estrella contra la frente de quien
sin pensarlo pero a sabiendas
vino a dejar sus pasos —
la huella de sus pasos
aquí
en esta orilla

¿dónde la otra?
¿en qué extremo de mar, cuál finisterre
se yergue como abismo
centella
cierzo
ciertamente sola
la arena
que habrá de recibir
ese rastro
como si fuera
el comienzo de algo?

me pide que escriba un poema
y no es
como si me pidiera la luna

si me pidiera la luna
en una noche de dedos rosados y sutiles
quizá podría recortarla contra el cielo
y dársela

pero no es la luna —
es el poema
esa materia negra
que desciende
frágil
cuando el segundo
el último
la vida
el aliento
se desprende

pero no es la luna —
es el poema
y yo
que nunca supe escribir
otra cosa que las letras enlazadas de un nombre
¿el mío? ¿el suyo?
yo que estaba en medio de las cosas
como un obstáculo
una mancha
un montículo
no sé cómo reunir las ovejas del alado rebaño —
las pléyades —
para volver a cantar

Teresa Arijón (Buenos Aires, 1960), "Tres poemas por encargo + un poema suelto", Op. Cit. 7.12.2007

Ref.:
La Nación
Fundación Konex
El Poeta Ocasional
Tras la Cola de la Rata


jueves, diciembre 07, 2017

Javier Cófreces / El submarino















                 El ARA San Juan está desaparecido
                desde el pasado miércoles.
                                   Diaro Perfil, 18/11/2017

               Con vida los llevaron con vida los queremos.
                                  Madres de Plaza de Mayo


En la Argentina durante la dictadura
desaparecieron 30.000 personas.
A cuarenta años del genocidio
desaparece un submarino
de la fuerza armada nacional
que más contribuyó al exterminio.
Su práctica de tortura más usual
se denominaba “el submarino”
(los verdugos sumergían en un piletón con agua
la cabeza del detenido, para procurar confesiones).

En el ARA San Juan hay 44 tripulantes,
No están ni vivos ni muertos, son desaparecidos.*
Esta vez se conocen sus nombres
y se sabe que están presos en el navío,
quizás bajo el Mar Argentino,
donde se arrojaban los cuerpos
de los desaparecidos que jamás fueron hallados.

¡Aparición con vida…!

*Jorge Rafael Videla, conferencia de prensa en 1979

[inédito]

Javier Cófreces (Buenos Aires, 1957)

Ref.:
Ediciones en Danza
Página 12
La Nación
Campeones TV


miércoles, diciembre 06, 2017

Pablo Ananía / La última conversación de un poeta


               
               











                 Ahora tú conversas, padre mío, despierto
                                                          José Portogalo


Bebe, se resigna. Su vida era la rima.
Oye, levísima, una respiración a sus espaldas:
es la tortura física lo que lo aterra.
Habla de las razones de su existencia,
las razones de la locura solidaria que lo acompaña,
la locura que lo acompaña con su música seductora,
con su música seductora a sus espaldas.
"¿Rima, escribe, habla?", le pregunto.

Si vida era la rima, su vida era la rima.

"¿Mueren los afectos también?", me pregunta.
"Es una buena versión", digo.
Nada lo complace, hábitos que ha adquirido con el tiempo,
hábitos de lenguaje, torturas que se complace en reiterar,
hábitos de vida miserable,
sutiles ejercicios de la palabra,
solitarios ejercicios para su rima.

Bebe, se resigna, Oye, levísima,
una respiración a sus espaldas,
entrecortada, una respiración audible.
"¿Rima, rima, rima?"
Se exalta, lo aterra la tortura física.
Si vida era la rima.

Pablo Ananía (Rosario, Argentina, 1942), Juan Carlos Martini Real, Los mejores poemas de la poesía argentina, Corregidor, Buenos Aires, 1974

Ref.:
La Idea Fija
Página 12
Blog del Amasijo


martes, diciembre 05, 2017

Carlos Drummond de Andrade / Caso lluvioso















La lluvia me irritaba. Hasta que un día
descubrí que era maría que llovía.

La lluvia era maría. Y cada pringo
de maría empapaba mi domingo.

Y mis huesos mojando, me dejaba
como tierra que la lluvia labra y lava

Yo era todo barro, sin verdura...
maría, ¡lluviosísima criatura!

Ella llovía en mí, en cada gesto,
pensamiento, deseo, sueño, y el resto.

Era lluvia finita y lluvia copiosa,
matinal y nocturna, activa…¡Qué cosa!

No me lluevas, maría, más que lo justo
llovizna de un momento, apenas susto.

No me inundes de tu líquido plasma,
¡No seas tan acuático fantasma!

Yo le decía en vano -ya que maría
cuanto más yo rogaba, más llovía.

Y chaparreando atroz en mi camino.
lo dejaba bañado en triste vino.

que no calienta pues el agua de lluvia
mosto es de ceniza, no de buena uva.

¡Lluviadera maría, lluviadona,
lluvinienta, lluvil, pluvimiedona!

Yo le gritaba:¡Pará! Y ella seguía lloviendo,
Charcos de agua helada iba tejiendo.

Y hubo tanta maría en mi casa
que la correntada creó alas

y un río se formó, o mar, no sé,
Sé apenas que en él me anegué.

Y cuanto más las olas me llevaban,
las fuentes de maría más lluviaban,

de suerte que con poco, y sin recurso,
las cosas prosiguieron su curso,

y aquí es el mundo mojado y sumido
bajo aquel siniestro y oscuro llovido.

Los seres más extraños juntándose
en la misma acuosa pasta quejándose

contra esa lluvia estúpida y mortal
catarata (jamás hubo otra igual).

Cantos anti-ad petendam se oyeran.
¡Nada! Las cuerdas de agua más enloquecieran,

y maría, canilla desatada,
más deja salir la correntada.

Los navíos sozobran. Los continentes
sucumben con todos los vivientes,

y maría lloviendo. Fue que a esa altura,
diluida y fluida la humana estructura,

y la tierra no sufriendo tal lluviencia,
se conmovió la Divina Providencia,

y Dios, piadoso y enérgico, bramó:
¡No llueva más, maría! - y ella paró.

Carlos Drummond de Andrade (Itabira, Brasil, 1902-Río de Janeiro, Brasil, 1987), Antologia poética. Organizada pelo autor, Companhia Das Letras, São Paulo, 2012
Traducción: Silvina Elena Guala y Carles Tàvec


Ref.:
Jornal do Brasil
Escritores Org
El Placard


CASO PLUVIOSO 

A chuva me irritava. Até que um dia
descobri que maria é que chovia.

A chuva era maria. E cada pingo
de maria ensopava o meu domingo.

E meus ossos molhando, me deixava
como terra que a chuva lavra e lava.

Eu era todo barro, sem verdura…
maria, chuvosíssima criatura!

Ela chovia em mim, em cada gesto,
pensamento, desejo, sono, e o resto.

Era chuva fininha e chuva grossa,
matinal e noturna, ativa…Nossa!

Não me chovas, maria, mais que o justo
chuvisco de um momento, apenas susto.

Não me inundes de teu líquido plasma,
não sejas tão aquático fantasma!

Eu lhe dizia em vão – pois que maria
quanto mais eu rogava, mais chovia.

E chuveirando atroz em meu caminho,
o deixava banhado em triste vinho,

que não aquece, pois água de chuva
mosto é de cinza, não de boa uva.

Chuvadeira maria, chuvadonha,
chuvinhenta, chuvil, pluvimedonha!

Eu lhe gritava: Para! e ela chovendo,
Poças d´água gelada ia tecendo.

Choveu tanto maria em minha casa
que a correnteza forte criou asa

e um rio se formou, ou mar, não sei,
sei apenas que nele me afundei.

E quanto mais as ondas me levavam,
as fontes de maria mais chuvavam,

de sorte que com pouco, e sem recurso,
as coisas se lançaram no seu curso,

e eis o mundo molhado e sovertido
sob aquele sinistro e atro chuvido.

Os seres mais estranhos se juntando
na mesma aquosa pasta iam clamando

contra essa chuva estúpida e mortal
catarata (jamais houve outra igual).

Anti-petendam cânticos se ouviram.
Que nada! As cordas d´água mais deliram,

e maria, torneira desatada,
mais se dilata em sua chuvarada.

Os navios soçobram. Continentes
já submergem com todos os viventes,

e maria chovendo. Eis que a essa altura,
delida e fluida a humana enfibratura,

e a terra não sofrendo tal chuvência,
comoveu-se a Divina Providência,

e Deus, piedoso e enérgico, bradou:
Não chove mais, maria! – e ela parou.

lunes, diciembre 04, 2017

Laura Wittner / Dos poemas















Año

El viento abrió las puertas del balcón
y en un segundo hizo volar por el living
un río de escombros, todo lo que está suelto
todo lo apoyado en superficies:
cartas de Cars, peladuras de lápiz
expensas, papel crepé en bollitos
dibujos con y sin dedicatoria
un estíquer, un clip desenrollado.
Rugía, ese viento, traía lluvia frenética:
salimos a gritar al balcón
mis dos hijos y yo, porque fue un año duro
y pensé que nos lo merecíamos.


Exhibición de atrocidades

Alguien pescó, cortó y dejó
en la orilla esta cabeza de pescado
unida simplemente a su intestino.
La veo y siento mi propia cabeza
cómo se continúa en la garganta
y más allá. Con el mar hasta el culo
se besa la pareja enamorada.
La joven pareja enamorada.
También estuve ahí, sí, claro,
¿quién no? Una mujer sin pelo
entra al agua con determinación.
Apelmazado de sal un perro suelto
olisquea por sorpresa la entrepierna
de una chica en bikini: “¡Salí,
perro de mierda!” (cito textual). Si tres
granos de arena secos son capaces
sobre la roca, al viento, de variar
en dibujos infinitos, ¿cuán atroz
puede ser la variación de esta escultura
que en arena dura y húmeda sugiere
un castillo, un torso femenino,
unas montañas, un circo, una frontera?
¿Qué se arrasa por dentro de los moldes
y convulsiona y en lo químico muta
mientras una tan campante veranea?



Laura Wittner (Buenos Aires, 1967)
"La altura", 2016,
Lugares donde una no está - poemas 1996-2016,
Gog y Magog,
Buenos Aires, 2017






Foto: FB

domingo, diciembre 03, 2017

Xavier Amorós / Pradell















En el pueblo de mi padre,
Pradell, Baix Priorat (hoy,
cuatrocientos habitantes),
no mataron a nadie durante la guerra.

Muertos hubo
más lejos, en las batallas;
muertos de Pradell que entre todos lloramos,
azotados por la tragedia sin rostro.

En el pueblo de mi padre
nadie tiene padrinos;
cuando llueve, llueve para todos.
No es muy lejos,
Pradell, Baix Priorat (hoy,
cuatrocientos habitantes),
avellanas y vino
y una cantera de yeso,
buena agua y buena sangre.

Xavier Amorós (Reus, Cataluña, 1932), Poemes 1959-1964, Edicions 62, Barcelona, 1983
Versión de Jonio González

Ref.:
Universitat Rovira i Virigili
Enciclopèdia Cat
Biblioteques Municipals de Reus
Canal Reus


PRADELL

Al poble del meu pare,
Pradell, Baix Priorat (avui,
quatre-cents habitants),
no van matar ningú durant la guerra.
De morts, n'hi hagué
més lluny, a les batalles;
morts de Pradell que van plorar entre tots,
batuts per la tragèdia sense rostre.
Al poble del meu pare,
ningú no té padrins;
quan plou, plou per tothom.
No és gaire lluny.
Pradell, Baix Priorat (avui:
quatre-cents habitants),
avellanes i vi
i una guixera.
Bona aigua i bona sang.


sábado, diciembre 02, 2017

Yannis Ritsos / La casa muerta















(Fragmento)

Por las noches si una mujer se atrasaba
lavando aún en el río y se oía el golpe del palo
sobre los tejidos blandos, empapados, nadie decía
que un cuchillo se entierra en la carne
ni que cierran una trampa secreta
ni que lanzan por la ventana norte un cadáver al foso;
    simplemente decían
que un palo golpea en la ropa;
además por el sonido distinguían
si era lana o algodón o lino el género
y sabían que una mujer blanqueaba la dote de su hija
se imaginaban además el día de la boda
la palidez del novio, el rubor de la novia,
el entramado de dos cuerpos casi incorpóreos por el velo
    del tul de la cama,
que mueve el aire de la noche. Tantos detalles
y tanta exactitud (¿no es acaso muestra de equilibrio?)
junto a esta sensación de lo indispensable,
como si hubiese sido necesario aquello que ocurrió y
    lo que luego sucedió;
la sensación de lo inexorable y lo irresponsable y aún
    inconcluso
una vena de música que late en el aire
y la oyes de nuevo y la oyes de nuevo y no sabes

[1959]

Yannis Ritsos (Monemvasía, Grecia, 1909-Atenas, 1990), La casa muerta, Lom, Santiago de Chile, 2017
Traducción de Pedro Vicuña

Nota del Administrador: El poema consiste en el monólogo de una de dos hermanas, descendientes de una familia ancestral y habitantes de una ruinosa morada. La otra hermana vive en silencio

Ref.:
Greek Language (texto completo en griego)
Letras de Grecia
Poetry Foundation
UNAM
El Placard


viernes, diciembre 01, 2017

William Shakespeare / Soneto 8
















Si tú eres música, ¿te apena oírla?
Si el dulce es dulce y es gozoso el gozo,
¿por qué amas lo que tomas con inquina
y tomas con placer lo ignominioso?

Si no te es grato oír el maridaje
de notas que armonizan y se suman
es porque te regañan con voz suave:
no es sólo para ti esta partitura.

Las cuerdas, como sabes, se disponen
por melodiosos pares y al pulsarlas,
al tiempo que nos cantan un acorde,

parecen padre, hijo y madre amada.
Y su canción, sin letra y con donaire,
te canta: "Tú, solista, no eres nadie."

William Shakespeare (Stratford-upon-Avon, Inglaterra, 1564-1616), Poesías, Andreu Jaume, ed., Penguin Clásicos, Barcelona, 2016
Traducción de Andrés Ehrenhaus
Envío de Jonio González

Imagen: William Shakespeare, retrato pintado durante el reinado de Carlos II (1660-1685) y atribuido a Gerard Soest (detalle) CBS/AFP/National Portrait Gallery

Ref.: Shakespeare Sonnets Com


VIII

Music to hear, why hear'st thou music sadly?
Sweets with sweets war not, joy delights in joy:
Why lov'st thou that which thou receiv'st not gladly,
Or else receiv'st with pleasure thine annoy?
If the true concord of well-tuned sounds,
By unions married, do offend thine ear,
They do but sweetly chide thee, who confounds
In singleness the parts that thou shouldst bear. 
Mark how one string, sweet husband to another,
Strikes each in each by mutual ordering;
Resembling sire and child and happy mother,
Who, all in one, one pleasing note do sing:
   Whose speechless song being many, seeming one,
   Sings this to thee: 'Thou single wilt prove none.'